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Olga Lara en la Hacienda Gutiérrez, en Santiago,
junto al empresario Arnulfo Gutiérrez y a la yegua
campeona bautizada con el nombre de la artista.
“QUE
NADIE ME CONOZCA...”
Uno de los
espectáculos que más satisfacción
sentimental y profesional me ha dado, fue el
que hicimos en homenaje al gran poeta azuano
Héctor J. Díaz. Fue en realidad, un hermoso
espectáculo, en el que todos, sus viejos
amigos, sus admiradores, su familia, le
rendimos tributo a la magia de sus poemas y sus
canciones.
Mi
mayor satisfacción, además de la gran acogida de
público y comentarios de prensa elogiosos, fue
el que ese espectáculo fuera elegido como
el más importante del año, por los premios
Casandra. Mi corazón de azuana se sentía felíz.
La
promoción de ese evento fue grandiosa y se utilizó
la primera frase de uno de sus poemas para
anunciarlo.
“Que
nadie me conozca y que nadie me quiera...”
Esa
frase se dejaba escuchar, más de 100 veces al día,
tanto en la radio nacional como en la televisión
y quisiera contarles dos anécdotas bastante
jocosas, ocurridas en los días en que se estaba
promocionando el espectáculo.
La
mamá de un niño me contó lo siguiente:
—Olga,
¿qué te parece? todas las tardes me cuesta
muchísimo trabajo convencer a mi hijo de ocho
años que se vaya a bañar y se ponga a hacer la
tarea. Ayer, después de habérselo repetido 50
veces y haberlo amenazado con una buena pela si no
me hacía caso, ¿sabes lo que me contestó? “¡Que
nadie me conozca y que nadie me mande!”
Y
otra mamá me dijo:
—¡Ay
Olga, a que tú no sabes lo que me preguntó ayer mi
hijita de 5 años, cuando vió la promoción de tu
espectáculo por televisión? “Mamá, ¿y porqué
es que ese señor no quiere que lo conozcan? ¿tan
feo es?”
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